Cuando viajo a Colombia, el primer paso es tomar un tren desde Jüchen, la pequeña ciudad donde vivo en Alemania, rumbo al aeropuerto de Düsseldorf. Desde allí vuelo a Ámsterdam y, nueve horas después, la ventanilla me regala una primera señal de que ya estoy de regreso: el verde denso y húmedo de las montañas de Bogotá. Aún falta pasar por migración, tomar otra conexión, esperar. Finalmente, desde el aire, reconozco la silueta de la serranía del Perijá y sé que estoy muy cerca. Sin embargo, todavía me aguardan 95 kilómetros por carretera desde Valledupar para llegar a Becerril, el lugar donde nací, donde me esperan mis padres, mis amigos y los libros de mi primera biblioteca.
Es un trayecto largo, pero familiar. Ya sé qué esperar en cada escala. Sin embargo, hay otros caminos para regresar a casa que no requieren trenes ni aeropuertos. Son rutas silenciosas e impredecibles, más difíciles que cualquier itinerario aéreo, porque no se viaja en línea recta cuando el destino es volver a uno mismo.
Los cuentos que conforman Nuevas rutas para lugares remotos, de Patrizia de Jesús Castillo, me recordaron justamente eso: que el viaje más profundo no siempre se mide en kilómetros. A través de personajes que enfrentan miedos, crisis emocionales y el vacío de la rutina, el libro traza recorridos íntimos hacia el deseo propio, la libertad y el despertar a una nueva realidad personal.
Patrizia de Jesús Castillo es comunicadora social y periodista. Comenzó su carrera en El Universal de Cartagena. Ha complementado su formación con estudios en Relaciones Internacionales e Historia del Arte. Ha publicado varios libros, entre ellos Lo que aprendí del sexo después de sentarme a llorar (2014), Manual para amarte como nadie lo ha hecho jamás (2020) y Matemáticas: Poemas para corazones rotos (bestseller en Amazon, 2021). Apasionada por aprender y compartir conocimiento, escribe para comprender la naturaleza humana y celebrar la belleza de lo cotidiano.
Los cuentos más destacados del libro
La antología está compuesta por diez cuentos: Tríptico, Navidad, Día de limpieza, El regalo de Choco, Nuevas rutas para lugares remotos, Girasoles, Una serie de HBO, Salto cuántico, Seis páginas y Rompecabezas. En esta reseña hablaré de las historias que más me cautivaron y de los viajes que emprenden sus protagonistas.
Navidad: el desgaste del amor cotidiano
Esta festividad es el fondo emocional de un matrimonio en crisis. Para él, es una molestia; para ella, una ilusión que agoniza. Armar el árbol se vuelve un gesto vacío de esperanza, cargado de inercia emocional. La Navidad encarna el deseo de ella de rescatar algo que ya no existe —o quizá nunca existió como creyó.
La protagonista viaja hacia una toma de conciencia lúcida y dolorosa: de la sumisión al reconocimiento del desamor. Del autoengaño: quizás es solo una mala racha, al veredicto: no me ama. De la esperanza ritual (armar el árbol) al absurdo existencial: la vida grita que lo mande todo a la mierda.
En Navidad el valor está en la sutileza. Es un viaje emotivo que ocurre en lo mínimo, en lo doméstico, en lo que parece intrascendente.
Subrayé este fragmento mientras leía:
Nuevas rutas para lugares remotos: memoria y duelo
La heroína de este relato no viaja a un lugar físico, sino a una época de su vida. El cuento marca una travesía interior que, aunque no es lineal, avanza de la negación del dolor y la evasión del pasado hacia la aceptación de su vulnerabilidad, de su propio valor y la necesidad de cerrar ciclos.
Al inicio, la protagonista se entera de la muerte de Él “por un noticiero”, como si fuera alguien desconocido. Incluso finge indiferencia: “El efecto que la noticia le causó fue el mismo que producen los muertos ajenos cuando son noticia”. Ese autoengaño es el punto de partida.
A lo largo del relato, reconstruye su historia con Él: ese amanecer sentados en una banca de cemento en un parque de la Ciudad Vieja, la propuesta de hacerla feliz, la tarde aquella que pasaron tumbados en la hamaca colorida atravesada en su dormitorio. Solo ahora, con la muerte como catalizador, lo reconoce como alguien esencial en su vida.
La escena en la que deja a un amante tóxico es decisiva: rompe un espejo, se va, se libera. Es un acto simbólico y literal de ruptura, el punto de inflexión en su ruta. Ya no es solo la mujer que recuerda y se entristece, sino la que actúa. La que dice “basta” y elige otro camino, aunque incierto.
El final es sobrio: no hay reencuentro ni romance épico. Él muere y la vida sigue. Eso es lo más potente: ella no se queda en el “hubiera”, no se paraliza en la nostalgia. Agradece lo que fue, lo que aprendió y lo deja ir.
Ese es el cierre del viaje: la aceptación. La autora construye un relato memorialístico en el que lo más valioso no es la historia de amor, sino la manera en que la memoria resignifica los encuentros después de la muerte.
Una frase para no olvidar:
“Una posibilidad por demás absurda que murió mucho antes que Él. Sólo que la muerte tiene su encanto. La muerte le aporta un efecto mágico y trascendente a instantes, palabras, gestos que en vida son insignificantes”.
Seis páginas: el renacer creativo
Silvia, una mujer cercana a los 50 años, vive agobiada por sus múltiples responsabilidades y frustraciones: su vida profesional se debate entre un trabajo bancario rutinario y una cátedra universitaria; nunca ha ganado un concurso literario y no ha publicado sus libros inéditos. Participa en un diplomado con la esperanza de mejorar su hoja de vida y, tal vez, aspirar a enseñar en una universidad en el extranjero. A lo largo de un día lleno de actividades académicas, descubrimientos y encuentros, Silvia vive una transformación interna. Aunque no alcanza el final “feliz” convencional, se encuentra con un inesperado elogio a su labor como autora, lo que la impulsa a terminar, casi sin darse cuenta, las seis páginas que necesita para presentarse en un concurso de cuentos. Su viaje consiste en validarse a sí misma, aún sin haber alcanzado, a los 50 años, aquello que se espera de una escritora.
El final es abierto y simboliza un renacer interior, no una victoria rotunda, pero sí una reconciliación con su oficio y su deseo de seguir.
Algo en lo que sigo pensando:
“No le gustan los finales felices, los considera cursis, no afines con la buena literatura. Que la felicidad sea para la vida, y la tragedia, las miserias humanas, sean para las letras”.
Estos fueron los cuentos que se quedaron dando vueltas en mi cabeza después de haberlos leído. Ahora el viaje es tuyo. Tal vez descubras que, mientras los recorres, también te adentras en tus propias rutas internas, y que lo que parecía roto comienza, poco a poco, a tener sentido. Patrizia de Jesús Castillo te entrega la brújula: tú decides hacia dónde ir.




